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lunes, 30 de abril de 2012

A LOS 120 AÑOS, ARDE GARDEL - Por Carlos Villalba Bustillo (Abogado, periodista de opinión, historiador, ensayista crítico y uno de los más notables escritores de los últimos tiempos).

Hace hoy 120 años nació un purrete en cuya vida todo condujo a la leyenda: el enigma de su alumbramiento, sus pioladas de cafiolo, sus lances de patotero, su genio musical y su muerte trágica. Desde muy joven, Gardel se descubrió el don del canto y resolvió jugársela por sus atributos, pero la adolescencia le retuvo parte de su timidez. No obstante, su sangre le encendió la vocación y esta le enseñó a administrar los triunfos y los tropiezos.


El origen de esa sangre que le encendió la vocación también ha encendido, en los últimos meses, la polémica sobre el lugar de su nacimiento. El Ministerio de Educación argentino acaba de borrar de la biografía de Gardel en su página web el nombre de Toulouse, como había borrado el de Tacuarembó en el 2008. Contra los facsímiles del libro de Monique Ruffié de Saint-Blancat, Juan Carlos Esteban y Georges Galopa, el historiador Israel Álvarez de Armas adujo, para conseguir el borrón, el registro de ciudadanía de Gardel en el consulado uruguayo de Buenos Aires, su cédula de identidad, su carta de ciudadanía, su libreta de enrolamiento y su pasaporte.

Si en dicha página no aparece Gardel nacido en Toulouse ni en Tacuarembó por cuenta de la pugna entre francesistas y uruguayistas, que la ciencia defina si era provenzal u oriental. Que el ADN de sus huesos, los de Berta Gardes, los del coronel Escayola y los de María Lelia Oliva acaben con el misterio. Ya no hay intereses económicos de por medio y la figura del personaje no será de mayor o menor dimensión si Uruguay le gana el pulso a Francia. Si lo gana Francia, que Juan Carlos Esteban organice en Toulouse otros juegos florales como los de 1343 y que Martina Iñiguez lo secunde como promotora del acontecimiento.

Oponerse a que la ciencia diga la última palabra sobre una verdad tambaleante, apenas probable, derrama sospechas sobre la sinceridad de los opositores y sobre su convicción respecto del hecho que argumentan. Si hay una figura del arte popular latinoamericano que merece una patria cierta para su gloria es Gardel. Y eso no depende ya de lo que dijeron Nelson Bayardo y el Centro de Estudios Gardelianos, sino de lo que concluya un genetista serio. Dígase lo que se diga, el Gardel que el mundo confundió con Buenos Aires y su belle epoque no desaparecerá.

Toulousino o tacuaremboreño, la voz viril del cantor trocó en rosal la maleza que había salido de los lupanares para que más tarde los clubes de Hansen, Laura y El Tambito hicieran las delicias de la alta burguesía porteña. El tango-danza le cedió el paso al tango-canción. Las notas de una letra de Pascual Contursi con música de Samuel Castriota (Lita o Mi noche triste) variaron la historia en 1917. Pero en el ir y venir de la novela rosa y la leyenda negra columpiaron a Gardel de la beatitud a la depravación. El mundillo del póquer y los hipódromos contribuyó a esa doble visión en la que convivían el atorrante y el caballero.

Sin embargo, el actor que emplumó en los tablados de la farándula criolla cayó de pie en el celuloide de jerarquía. La Paramount abarrotó las taquillas, y las nuevas ganancias y la felicidad resarcieron al Zorzal con las versiones cinematográficas de Melodía de arrabal, Cuesta abajo, Luces de Buenos Aires y Tango bar. Lamentablemente, como preludio de la catástrofe que acechaba. A Medellín le cupo el doloroso honor de verlo morir.

Murió el hombre y nació el mito. Un mito que revive las siluetas del arrabal, el bullicio de los cafetines, el repique de los organillos y el canto de los payadores en una capital "que se construyó sobre el pentagrama de un tango". De ahí que el rasgo de mayor relieve en el recuerdo de Gardel, el inquilino de tantos corazones, sea la apoteosis de su permanencia.

Publicado en diario EL TIEMPO, Bogotá, Colombia



Un historiador de pluma mordaz.
Abogado, periodista de opinión, historiador, ensayista crítico y uno de los más notables bolivarenses de los últimos tiempos. Natural de Cartagena (6 de marzo de 1939). Ha ocupado los cargos de profesor de la Facultad de Derecho y Rector de la Universidad de Cartagena, Magistrado y Presidente del Consejo Superior de la Judicatura. Ha sido columnista de El Espectador, El Tiempo y El Universal de Cartagena. Miembro de la Academia de Historia de Cartagena, es autor de los libros “Entre Núñez y Uribe”, “La revolución inconclusa”, “Los mecenas del desastre”, “Los liberales al poder” y “Escrutinio ideológico del Liberalismo”.
Exmagistrado del Tribunal Nacional de la Judicatura, y expresidente de la misma corporación.

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